
La historia del movimiento obrero en Chile está radicada en el norte grande. Allí, a sol y sombra de la explotación del salitre, hombres y mujeres, se organizaron para reclamar por sus derechos. La figura de Luis Emilio Recabarren surge como la más conocida. Sin embargo, otros luchadores anónimos, de filiación anarquista, construyeron las bases de lo que sería ese gran y combativo movimiento obrero.
La Matanza de la Escuela Santa María ocurrida en 1907 señala el punto de quiebre entre el movimiento obrero. Habría un antes y un después de este trágico hecho. Los cientos de hombres, mujeres y niños que fueron asesinados, serían una lección para diseñar un movimiento obrero más organizado, más disciplinado y porque no decirlo, más ideologizado. Aquí las figuras del ya nombrado Recabarren y de Lafertee, entre otros muchos sobresalen. La matanza de La Coruña, ocurrida en el 1925, en la oficina salitrera del mismo nombre, vendría a cerrar ese ciclo. A partir de esa fecha se modela un nuevo tipo de sindicalismo, que se construye en el campo de lo político, no ya como arena de confrontación, sino de negociación.
La férrea organización que los obreros chilenos mostraron hasta el año 1973, viene de la escuela del salitre. Allí, tanto en la pampa como en la ciudad, los lancheros, panificadores, abasteros, entre otros tantos oficios, dejaron huella en la forma de cohesionarse en pos del logro de sus demandas y reivindicaciones. Las primeras huelgas obreras están fechadas en el 1890 aproximadamente. El campesino que llegó enganchado a la pampa se convierte en proletario. Su vida, aparte de su trabajo, transita desde el sindicato al baile religioso, los grupos de teatro o de música, y al club deportivo. Emerge una sociabilidad obrera.
Cuando estalla la crisis de los años 30 del siglo XX, y la pampa se despuebla, estos ex campesinos, convertidos en obreros regresan a Santiago. Son rápidamente objetos de control, ya que poseen una gran capacidad organizativa que aprendieron en las duras jornadas en Huara, San Antonio, Negreiros, Peña Chica, o bien en el puerto de Iquique, en los barrios populares.
Este movimiento obrero organizado -la palabra sindicato surge después- se construye por la fuerte labor de sus líderes, por el tesón que anarquistas y comunistas, le inyectan. Es un movimiento obrero ilustrado que edita periódicos. La labor de Luis Emilio Recabarren no se puede entender, sin considerar, por ejemplo, el rol que le cupo como fundador del “Despertar de los Trabajadores”, un periódico dirigido a los pobres. Liberar al obrero de la ignorancia y de la explotación era su meta. Construir la República de los Trabajadores su utopía.
El movimiento obrero desde el 1890 al 1973 estuvo marcado por la escuela del salitre. El aula de la pampa, en la que la represión como la ocurrida el 21 de diciembre de 1907, marcó un espíritu que hoy echamos de menos: organización, combatividad y conciencia de clase.
El primero de Mayo en Iquique, conmemorado al mediodía y frente al monolito que recuerda a los caídos en la Escuela Santa María, era el lugar y la fecha donde los obreros, a través de sus sindicatos y partidos, actualizaban la utopía de una sociedad mejor. Celebraciones con música folclórica, saludos de las autoridades, ofrendas florales, encendidos discursos, hombres y mujeres, en mangas de camisas o blusas de verano, le otorgaban un colorido y le daban un aire de fiesta que hoy es imposible de repetir. Fiesta que habría de concluir con el fin de las diferencias de clases. En otras palabras con la construcción de una nueva sociedad, cuyos fundamentos se habían introducido al norte grande, a fines del siglo XIX, a través de la literatura.
La aparición de la novela “Tarapacá” de Juanito Zola en el 1903, editada en Iquique, ya hablaba de una sociedad socialista en plena pampa salitrera de Tarapacá. Nada de eso queda. Este 1 de mayo en Iquique, cuna del movimiento obrero, no será diferente a las de años anteriores. Habrá fiesta, con menos protagonistas, pero no utopía.
